sábado, septiembre 20

Cap: 895. No, nunca, jamás, tampoco, nada

Por Risto Mejide.

No. Adverbio de abnegación. El más completo síntoma de libertad, rechazar con una sola sílaba todas las opciones que se nos han presentado. Patada al brasero, la puta al barranco, hala, otra baraja.

Se pronuncia estrellando todo lo que tengas en la punta de la lengua sobre la zona intermedia entre paladar y paletas frontales, para a continuación dejar que corra el aire a través de la misma boquita de piñón que pondrías si estuvieras chupando algo gustoso.

Ya verás, repite conmigo. No. Otra vez. No. A que parece que no cuesta nada. Hay que joderse.

Nacemos llenos de no. Nuestro primer llanto, si vas a mirar, es nuestro primer gran no. No os conozco de nada. No me toquéis los cojones. No os he pedido que me sacarais. No sé por qué me tratáis así. Y por si alguien se nos despista, siempre hay alguno/a dispuesto/a a pegarte tu primer par de palmaditas en el culete, que en proporción a tu tamaño bien podrían significar el primer par de hostias bien dadas, no fuera a ser que te hubiese gustado la experiencia de venir al mundo y vivieses una bienvenida feliz.

Más tarde, nos da por crecer y nuestro primer banco de pruebas para la negativa privada se instala en el egoísmo infantil. Qué tierno, qué púber. Durante esta etapa, negarse es fácil e incluso inocuo, porque aún no eres nadie. Tan simple y estéril que hasta da cosa negarse. Tú dices no, y prácticamente nada se modifica. Cuanto menos tienes, menos vale cada uno de tus no, porque existe siempre un pues vale del mismo tamaño y velocidad. Esto hay gente a la que le seguirá pasando toda la vida.

Luego decrecen tus ilusiones, enfermas de responsabilidad, y la educación se encarga de ir sustituyendo todos y cada uno de tus noes por estudiados y correctísimos síes. Cada cosa que adquieres, cada compromiso que tomas, se va añadiendo sibilinamente a tu inventario más idiota, el que recoge todos tus venga.

Al final, llega un momento -prontito, muy prontito, por ejemplo hoy- en el que te defines mucho más por las cosas que has rechazado, que por aquellas que decidiste aceptar. Si hay un dato más importante que el número de veces que te has casado, ése es tu número de divorcios que has tenido que costearte. Y hablando de costes, al número de personas con las que te has querido acostar, en algún momento empiezas a restarle el número de personas con las que no te has querido despertar. Y así siempre hasta decir basta, que no deja de ser primo hermano del no.

A lo que iba, creo en el no. Un no de los que duelen porque nos define, nos posiciona, nos hace diferentes, individuales, incrédulos y menos borregos. No creo en el nunca, ni en el jamás, porque incorporan un apéndice temporal que suena mentira podrida, ya sea en pasado perfecto o en futuro condicional. Creo que el tampoco es un no cobarde porque esconde un sí con mono de consenso, creo que nada es un no demasiado grande como para ser real, y creo además que plantearse todo lo anterior puede llegar a resultar tóxico, perjudicial y hasta alto en triglicéridos.

Suerte que siempre acabas llevando a mano el único antídoto eficaz contra tanta sensatez, la única cura indolora contra tanta cordura.

Hablo de cualquiera de tus vale. Hablo de cualquiera de tus sí.