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viernes, diciembre 26

Cap: 933. Odio mío.

Tiempos de amor pasteurizado, besos que ni rozan las mejillas y afectos de todo a cien. La calle se llena de enemigos íntimos con amigos invisibles, malabaristas del presupuesto entre nuestro propio debe y su temeroso haber.
El amor hace tiempo que es sólo un eslogan, la familia feliz un buen casting y cualquier tipo de aprecio ya lo encuentras limpio de toda ‘a’. Y a mí, entre tanto mariachi, cada vez me cae mejor la gente que sabe lo que odia y –sobre todo- cómo, cuánto y por qué lo odia.
Supongo que es porque estoy harto de la gente esa flower power que cree que lo importante es amar a todos en todo momento. Si no sabes odiar, cómo quieres que te crea cuando me dices que amas. Las monedas de una sola cara han sido, son y serán siempre falsas, por bonitas que sean.
Tampoco aguanto a los que etiquetan el odio como sentimiento a ocultar, reprimir e incluso aniquilar. Odiar es tan humano y natural como defecar, (no quiero escribir cagar, que queda feo), y por muy desagradables que sean sus resultados, no veo justificado tratar de suprimir actos tan sanos.
Por eso, lo digo con la boca bien grande. El odio hay que sacarlo todo, pero hay que sacarlo bien.
Para empezar, hay que pasarse un buen rato odiándose a uno mismo. Llámalo meditación, oración, iluminación o examen de conciencia, da igual. Pero el odio autoinfringido es algo así como una vacuna, que en su justa dosis es necesaria para el progreso, la protección y la evolución, aunque en exceso podría llegar a resultar letal. O como una lavativa, que ni gusta ni apetece, pero purga que da hasta gusto.
Seguramente no te valga de nada mi experiencia, pero sólo después de odiarme mucho he aprendido cuándo y cómo quererme bien.
Más tarde, hay que provocar ciertos odios y dejarse odiar por algunos. Yo, hay determinada gente que espero francamente que me odie. Si no, igual me podría sentir hasta decepcionado. Hablando del tema, este texto va dedicado a todos los que me odian (aunque te parezca mentira, alguno hay, a que es increíble). Porque jamás lo van a leer. Y a los que sí lo lean, también se lo dedico, por haber hecho algo tan estúpido como perder minutos voluntariamente con alguien al que odias, y por confirmarme así que tienen que seguir perteneciendo a ese selecto grupo.
Por último, siempre he creído que había que odiar un número determinado de cosas. Como mínimo, una por cada persona a la que se ame. De este modo, algo malo también nos abandonará el día en que nos tengamos que despedir de ella. No arregla nada, ni te hace sentir mejor, pero el resto de soluciones tampoco y allí están, escritas por todas partes.
Al final, lo que nos permite amar lo que queremos es lo lejos que nos encontramos de lo que odiamos. Lo que nos sienta mal de lo que nos pasa es lo que mejor nos define. Lo que más nos define, más nos molesta, es más real. Y la realidad, en definitiva, es como cualquier tipo de amor.
Molesta de cojones.

Por Risto Mejide

viernes, diciembre 19

Cap: 930. Qué se debe.

Jefe, qué se debe. Anda tráeme la cuenta. Te iba a pedir la dolorosa, pero me temo que en este caso, además de dolor, va a haber alivio.
Igual no nos viste, pero hace un tiempo entramos los dos juntitos de la mano, ella y yo. Yo que siempre cené solo en mesas de diez, esta vez no había hecho reserva, y ni mucho menos para dos. Elegimos esta mesa porque pensamos que era la más romántica, la más apartada, y la única en la que creímos no haber estado jamás.
Igual no te fijaste, pero vinimos con hambre de muchas cosas, dispuestos a apagar toda sed. El hastío nunca fue opción. Quedarse con las ganas no entró ni en el más barato de los menús.
Durante un tiempo, todo estuvo deconstruido, todo al revés. Comimos con los ojos, tocamos con los labios, y saboreamos con la piel. Nos encontrábamos en todos los turnos, por encima y por debajo del mantel, y no había quien se dejase recomendar. Sabíamos cuál era nuestro plato, en qué punto lo queríamos y hasta cuánto lo íbamos a degustar.
Pero no hasta cuándo.
Quizás por eso, recuerdo perfectamente el día en que ella empezó a pedir fuera de carta. El día en el que mi ensalada fresquita de manías se convirtió en un pesado empedrado de defectos. El día en que su revuelto de dudas leves se transformó en empanada mental.
Y entonces lo vi. Se había enamorado de mí porque deseaba a ese otro en el que pretendió convertirme. Como quien, a fuerza de ir, acaba exigiendo sushi en un mexicano, burritos a un italiano o paella en un japonés.
Fue estúpido tratar de entenderlo. Inútil tratar de saber por qué. Tranquilo, que no te voy a pedir el libro de reclamaciones. No es culpa de nadie. Simplemente pasó, y antes de que nos diéramos cuenta, ella preguntaba lo que comían las otras mesas, los dos bebíamos para no charlar y yo miraba los mensajes del móvil mientras intentaba disimular nuestra crisis de ganas de superar nuestra crisis.
Poco a poco, sin darnos cuenta, nos habíamos transformado en una de esas parejas que al principio mirábamos con mezcla de risa, miedo y pena. Ésas que sólo se hablaban para reprocharse cosas, ésas que transformaban cualquier ocasión en un silencioso y tenso cara a cara, cualquier lugar en una salida, cualquier invitado en un menos mal.
Ahora que ya todo me sabe a tarde, y todo me sienta peor, ahora ya todo me recuerda a un casino. Más importante que saber estar, es saber cuándo largarse. Aunque aquí, como ves, el último que se levanta, la paga.
Hazme un favor, descuéntame todo lo que jamás pedí y aún así tuve que tomar, como sus cenas familiares, sus reproches a mis mejores amigos y mis pajas nocturnas a la luz de la tele.
Tampoco me pongas lo que pedí y jamás me trajeron. Como esa vida juntos, esos planes hechos a mentira, esos hijos que tuvieron nombre mucho antes que existencia, esa casa unifamiliar que jamás hubiera podido pagar.
Descuéntame todo eso y dime cuánto te debo, que yo te lo pago.
Y no te preocupes si al final nada cuadra. No te me apures si pago de más.
Con el cambio, me haces otro favor.
Le envías una botella del mejor champán a los labios de esa mesa.

Por Risto Mejide

viernes, diciembre 12

Cap: 928. Tal día como mañana por Risto Mejide

Señoras y señores, están ustedes a punto de presenciar uno de mis momentos más apasionantes del año. Me encantaría decirles que poseo un don, que las veo venir y que jamás me pillan por sorpresa, pero nada más lejos de la mediocridad. Tal día como mañana, si nadie lo remedia, me habré hecho -aún más- mayor. Tal día como mañana, mis genes, mi alopecia y yo habremos superado al mismísimo hijo de Dios. Que se vaya lavando su padre.

Sí, amigos. Mañana a estas horas habré añadido una primavera más a mi ya escasamente útil existencia. Qué maravilla. Qué emoción. Pienso salir a la calle saltando y cantando cualquier canción de Shirley Maclaine para ir apagando todas las velas que encuentre a mi paso, incluidas las de los bautizos y restaurantes cool, mientras me tiro con fuerza del lóbulo izquierdo una vez cada cuarenta y dos minutos, hasta que me lo pueda poner de fular neorromántico, ideal para esta ola de frío polar.

Cumplir años es como la gripe, la capa de Ramontxu o el taxi de un alérgico al desodorante. Algo que duele mucho, aparece cuando menos lo necesitas y sobre todo algo por lo que todos, nos guste o no, tenemos que pasar como mínimo una vez cada doce meses. Y digo como mínimo, porque siempre hay un número indeterminado de conocidos, proveedores y familiares segundos que intenta acertar con la fecha, y no hace más que ganársela a pulso año tras año.

Te llaman, te escriben, te dicen lo mucho que se acuerdan de ti, y tú vas y te lo crees, cuando lo único que están haciendo es acelerar los trámites para poderle hacer click en el aceptar de su agenda del Outlook, y así poder seguir escribiendo cartas de amor en el muro del Facebook de un tipo gordo y feo que se hace pasar por una conocida top model.

El problema no está en que te recuerden tu edad. El problema está en el verbo. No se llama recoger años, amasar años, ni deglutir años. Se llama cumplir años. Y siempre he creído que uno debería cumplir sólo lo que promete. Nada más. Y nada menos.

No sé.

El caso es que tampoco soporto a la gente que te pregunta la edad. No es un tema de ahora, que ya he pasado a engrosar con orgullo las primeras filas de la juventud dorada. Nunca lo he soportado. Aparentes lo que aparentes, siempre pierdes. Si aparentas más, de pronto, y sin hacer nada, has perdido lo poco o nada que tenías de atractivo. Pero es que si aparentas menos, todo lo que ganas en atractivo lo pierdes en credibilidad. Y si no, que se lo pregunten a los tipos con cara de crío que se tienen que dejar barba para que les tomen en serio.

Y ahí es donde llegamos al punto crucial. La ropa. El estilismo. El look. En realidad, lo peor de cumplir años es que tu ropa no se actualiza contigo. Un día te pones la sudadera esa con la que antes lo rompías todo, y algo no funciona. Un día apareces en una cena con las deportivas de toda la vida, y la gente te mira mal.

Ese día has cumplido algo más que años, y lo notas, especialmente, porque dos nuevas y desconcertantes sensaciones han empezado a crecer con fuerza dentro de ti.

La sensación de que sabes perfectamente lo que están pensando.

Y la sensación de que te da absolutamente igual.

viernes, diciembre 5

Cap: 925. Presenten almas por Risto Mejide

No sé de qué se quejan los que se quedan en la puta calle. Si estar en la calle es maravilloso. O es que no lo ven. En la calle puede pasarte de todo. Desde un tiesto en la cabeza, hasta la mierda de un perro que no sabe sacar de paseo a su mascota. Todo es posible poniendo un pie en la calle, y encima gratis. Aún los empresarios les estarán haciendo un favor, y ellos sin agradecérselo.

Además, estarás conmigo en que las cosas más fascinantes que pueden ocurrirte en la calle son, seguramente, aquellas a las que les prestas menos atención. Como por ejemplo, cruzarte con alguien.

Nos cruzamos, fundamentalmente, con desconocidos. Gente que no nos aguanta la mirada más de tres segundos. Gente a la que en principio no volveremos a ver en la vida. Y si lo hiciésemos, jamás recordaríamos haberlo hecho. Gente para la que no somos más que paisaje incómodo en su campo de imagen, extras secundarios y fugaces de una película a la que ellos también llaman vida. Su vida.

Pero qué pasa cuando nos cruzamos con un conocido. Qué ocurre cuando reconoces o eres reconocido. Aquí se desencadena un Big Bang social de dimensiones tan desproporcionadas como imprevisibles.

Puede tratarse, en primer lugar, de un encuentro, que es aquél en el que los dos cuerpos deciden interactuar, o de un desencuentro, que es cuando uno de los dos practica el si te he visto no me acuerdo.

Este último es feo, muy feo. Siempre hay alguien que se queda con cara de hola. Expresión que se intentará disimular antes de que alguien más identifique el cataclismo, y que dejará a la persona ignorada preguntándose algo parecido a y yo a éste qué le he hecho.

Pero es que en el caso de un encuentro, nadie te garantiza que la experiencia vaya a ser más placentera, además de que la casuística resulta hasta tres veces más compleja.

Primero están los que conoces, pero no sabes de qué. Aquí lo más importante es dejarles hablar hasta que te den suficientes pistas como para identificarlos. Preguntas como qué tal te va todo, y cómo va aquello que me contaste, suelen ser providencialmente auxiliadoras. De todos modos, no te desanimes si cuando os despedís aún te preguntas quién coño es ese tío. Hay una alta probabilidad de que a él le haya pasado lo mismo contigo. Se conocen casos de gente que se enzarzaron en disquisiciones de horas pese a no conocerse de nada.

Luego están los que conoces, sabes de qué, pero no recuerdas su nombre. Otro clásico. Aquí, lo que yo hago es preguntarles directamente, oye, tú cómo te llamabas. En el momento se sienten incómodos y ofendidos, pero cuando contestan, con un quiebro de cadera dialéctica digna de sofista de todo a cien, les espeto, no hombre, de nombre ya, me refiero a tu apellido. Infalible.

Por último, están los que ni sabías que conocías. Después de meter la pata una y otra vez saludando a estos con un encantado, a lo que respondían, de nuevo ofendidos, ya nos conocíamos, me he dado cuenta que lo mejor es saludar siempre con un simple qué tal. Es de suponer que, en la próxima frase, ellos mismos se posicionen en cualquiera de las anteriores. Salvo que sean italianos y te suelten un qué tal qué.

En fin.

Que cuánta gente por ahí.

Y qué poquitas las personas.

domingo, noviembre 30

Cap: 923. Deberías, por Risto Mejide


Bon Jovi - In These Arms

ANIVERSARIO, SEGUNDA PARTE, Porque hoy no estamos juntos, porque hoy es un dia en el que no brillas en mi vida, porque LA RAZON POR LA QUE TE QUIERO NO ESTA EN UN ESPEJO:

Deberías ser un derecho fundamental. Estar recogida en la constitución. Obligada por decreto ley. Aprobada por minorías muy absolutas.

Deberías estar patentada. Registrada como propiedad intelectual, industrial, personal y emocional. Dejar en ridículo y evidencia tanta copia y falsificación.

Deberías estar protegida. Parque natural. Maravilla del mundo. Reserva de la biosfera. Patrimonio de tu Humanidad.

A partir de cierta hora, deberías estar prohibida. Sólo para adúlteros. Sólo para ellos, y para mis ojos. La menos apta para casi todos los mayores.

En el resto del territorio, deberías prodigarte por entregas. Darte de poquito en poquito, perdona pero es lo que tiene ser tú.

También deberías salir en las películas. En todas las previsibles. En todas las que necesiten un gran final. Y en las que vayan directamente a dvd.

Deberías figurar en los cuentos. Contra toda bruja mala, a por todo lobo feroz.

Deberías ser noticia. En todas las ediciones, justo después de los deportes, antes de cada temporal.Deberías estar en los sellos. Sólo en cartas de amor, de las que ya nadie escribe, de las que ya nadie quiere leer.

Deberías sonar todo el día, una canción con tu nombre. Una de esas que es casi imposible versionar sin caer en herejía o sacrilegio.

Y hablando del tema, deberías tener tu lugar reservado sobre cada altar. Para irle dando por saco a cualquier santería o santidad.

Deberías hacer tantas cosas.

Como por ejemplo, volverte dinero. Tan fácil de perder, tan difícil de ganar. Y a veces, volverte hostia. Tan fácil de ganar, tan difícil de olvidar.

Deberías ser producto de gran consumo. Acompañada siempre de tu slogan. Ni se le ocurra salir sin ella.

Ser camiseta. O mejor, ropa interior. Imagino que no hay que explicarte por qué.

Deberías llegar a todos los kioscos. Entre chucherías muy dulces y revistas que se compran por los artículos de investigación.

Igualmente habría que colocarte en las farmacias. Entre profilácticos con sabores y pastillas para la lumbalgia, dosis de 2, 4 y 6 carcajadas al día.

Deberías cobrar por suspiro. Plus de peligrosidad cada vez que hicieras suspirar.

En cuanto al precio, no sé, deberías salir más cara que las putas de lujo, pero tampoco tanto como un político, no nos vayamos a engañar.

Deberías convertirte en trofeo. Y declararte desierta edición tras edición.

Salirte de todos los mapas.

Crecerte en los circos de enanos.

Poner a parir a todas las burras.

Y a caer de un burro a las que aún no lo son.

Deberías embotellarte en frascos de perfume. Que hubiese que restregar mucho para sacarte de la botella. Y luego encima tuviesen que concederte los 3 deseos a ti.

Fabricarte a mano y a máquina. Estamos todos hartos de tanto frotar.

Patrocinar las cajas de kleenex.

Poner a prueba el blanco de Ariel.

Y ya puestos, deberías mirar mejor con quién andas.

Deberías alejarte de mí.

Aunque al final, supongo que acabarás haciendo lo que siempre haces.

Lo que te da la gana.

viernes, noviembre 14

Cap: 917 . Soy un Yonki.

Soy un yonqui. Lo reconozco. Me va la droga dura, la más dura que existe. Me van las palabras. Mira, ya lo he dicho, ya está.
Al igual que Coronado, estoy enganchado a cualquier chute que me renueve por dentro, aunque sólo sea durante un rato. Ya, ya supongo que estamos hablando exclusivamente de mí.
Para empezar, me he tirado varios años muy colgado del imperativo. Me daba igual de cuál. El caso es que fuese un verbo, y estuviera conjugado en ese tiempo tan sugerente. Todo me iba. Todo me entró.
Fue la época del todo vale. Si quería acceder al mejor camello para un buen viaje, me bastaba con recurrir a cualquier soporte publicitario. Tele, prensa, radio o exterior. Me vuelve a sudar la boca de sólo pensarlo.
Mira si fue bueno, que todavía hoy me sigue apeteciendo algún que otro buen chute de tanto en tanto. Cada vez que pongo la tele, es una nueva ocasión para recaer. Oigo ‘compre’ y ya estoy allí. Leo ‘no se lo pierda’ y me pongo a buscar. Escucho el verbo ‘descubre’ y se me pone la piel de coño.
Pero aún así ya no es lo mismo.
Lo que ocurrió fue que en un momento dado, los subidones empezaron a durar cada vez menos. La Mari del súper ya me venía advirtiendo de que la adulteran con términos que pasan desapercibidos, pero que mal llevaos pueden acabar provocándote sobredosis.
Palabras como ‘nuevo’, tan gastadas como la virginidad de una madame, palabras como ‘ahora’, tan urgentes como la corrida del seminarista, o palabras como las gemelas ‘más’ y ‘mejor’, que no pueden vivir ni vender la una sin la otra. No las ves, pero ahí están, esperándote para decepcionarte en cuanto las compres. Mitigando el placer, cortándote el rollo. Cuéntalas y verás cómo flipas tú también.
Por eso, con el tiempo, este Pocholo de las letras aprendió a reconocer la buena mercancía en cuanto la veía, incluso sin necesidad de haberla probado. Y me pegué unos picos de sintaxis yo solito que pa qué.
Todo se lo debo a las mejores marcas. Ellas nos proporcionan continuamente nuevas emociones de diseño que la verdad que da gusto. Eso sí que coloca. Mierda de la buena. Controlan dónde liarla y saben perfectamente que hoy en día, si montas una campaña y no ofreces unos gramos de ‘proteger’, ‘prevenir’, ‘ahorrar’ o ‘cuidarse’, jefe no te molestes, porque no eres nadie.
Palabras tan inocuas como el cloruro sódico y tan mortíferas como sus elementos constituyentes, tan falsas y pretenciosas pero tan necesarias para un yonqui como yo.
Porque no sé si te lo he dicho, pero soy un yonqui. Me pone chutarme de novedad y de todos sus derivados. Por eso, aprovechando que ya entro en la categoría de puretas, últimamente me he pasado al rollo duro.
Ahora me ponen mucho las que salen en los periódicos, así, a lo bestia, en blanco y negro y junto a fotos de tíos feos y encorbatados. Allí he descubierto a las cuatro fantásticas, ‘crisis’, ‘garantía’, ‘seguridad’, y ‘confianza’. Agarra cualquier diario, esnífate cada línea de portada a contra, con sólo un ejemplar ya tienes para un fiestón.
Sobredosis de mierda que ya no sacia, paperinas de narcos que ya no saben qué hacer para convencernos, porque todos sabemos que en el fondo, esos conceptos, con sus entonaciones, importancias y rimbombancias, están todos como este texto.
Vacíos.

POR RISTO MEJIDE.

domingo, septiembre 28

Cap: 897. Desaparece, que no es poco

Ultimo articulo aparecido en ADN escrito por Risto Mejide.

Hasta aquí hemos llegado. A tomar por curro. Un año más, machacas, mindundis y comadrejas dejamos el tajo unas semanas para reencontramos con ese yo que nuestro escaso tiempo libre ha ido tejiendo mientras pensábamos en otras cosas. Niños, recogedlo todo, que nos vamos. De vacaciones, de casa, de la olla, o de picos pardos, da igual.

La mayoría hace ya un rato que se las viene temiendo. Son los que las pasarán en casa de los suegros, en el zulo de la montaña o el nicho de cada año en primerísima línea de mar. A estirar de todo menos la pata sobre esos kilómetros de playa enmoquetada de colores tan horteras como punibles y barrigas rebozadas en aceite y arena, con esos kilitos de más.

Como buenos borregos, todos balamos hacia el mismo objetivo. Recargar baterías, que viene a ser como desconectar de los demás y descansar de uno mismo. A mi batería este año le quedan dos rayitas, la tuya qué tal. Además, como buenos gregarios, lo perseguimos del mismo modo dentro del mismo redil y, por si fuera poco, todos a la vez.

Convivir y convivirse, darse cuenta de con quién vives, pasar de pronto todas las horas del día y de la noche juntos, qué bonito principio del fin. La verdad que no entiendo por qué tras las vacaciones la gente se embarca en despedidas de la magnitud del divorcio. Me parece incomprensible, con lo maravilloso y fácil que parece eso del mismo techo.

Pero bueno, de todos modos, hablando un poco de lo mismo, lo que más me fascina de este momentazo en el que sí o sí hay que largarse es la operación salida de las cosas que ya huelen, porque duran demasiado. Siempre he creído que la elegancia era el arte de decir basta. Y al revés, que no hay nada más vulgar que pecar de exceso. Te lo dice un excesivo por vocación. Te lo cuenta este aprendiz de despedidas.

Hay que irse más. Porque sólo te puedes ir cuando lo haces por elección. Y porque si es por obligación, ya no te estás yendo, te están echando. Hay que saber leer cuándo uno sobra, cuándo ya ha hecho su trabajo, cuándo se puede ir con la conciencia tranquila y cuándo con la esperanza bien. E igual me equivoco mucho, pero creo que sólo hay una cosa más importante que el saber estar, que es el saber no estar. Quererse bien. Quedarse a gusto. Gritar tu ausencia. Y dejarlo ahí.

Hay profesiones que por definición tienen mucho más claro que otras eso del mejor momento para irse. Por ejemplo, las prostitutas. Y luego hay otros colectivos a los que parece que les cueste más. Por ejemplo, los políticos. Curioso, cualquiera diría que jamás han trabajado juntos. Se les podría pegar algo. Bueno, tú ya me entiendes.

Es el arte de hacer mutis. El don de desaparecer justo cuando toca. Viajarse un rato. Y viajarse lejos. Física y mentalmente. Porque cuanto más lejos te vayas, más difícil se te hará oír los balidos, graznidos y rebuznos de los que se quedan. A mí, a veces, me sale. He dicho a veces.

A este texto le pasa lo mismo. Ahora que ya he escrito lo que quería, sólo me falta desear que se te haga corto el verano y plagiar alguna gran frase de alguna gran película que deje el listón bien alto, para poder así desaparecer dignamente hasta nueva idea, tontería o septiembre.

Mira, ya la tengo.

Que todos somos contingentes, pero sólo tú eres necesario.

sábado, septiembre 20

Cap: 895. No, nunca, jamás, tampoco, nada

Por Risto Mejide.

No. Adverbio de abnegación. El más completo síntoma de libertad, rechazar con una sola sílaba todas las opciones que se nos han presentado. Patada al brasero, la puta al barranco, hala, otra baraja.

Se pronuncia estrellando todo lo que tengas en la punta de la lengua sobre la zona intermedia entre paladar y paletas frontales, para a continuación dejar que corra el aire a través de la misma boquita de piñón que pondrías si estuvieras chupando algo gustoso.

Ya verás, repite conmigo. No. Otra vez. No. A que parece que no cuesta nada. Hay que joderse.

Nacemos llenos de no. Nuestro primer llanto, si vas a mirar, es nuestro primer gran no. No os conozco de nada. No me toquéis los cojones. No os he pedido que me sacarais. No sé por qué me tratáis así. Y por si alguien se nos despista, siempre hay alguno/a dispuesto/a a pegarte tu primer par de palmaditas en el culete, que en proporción a tu tamaño bien podrían significar el primer par de hostias bien dadas, no fuera a ser que te hubiese gustado la experiencia de venir al mundo y vivieses una bienvenida feliz.

Más tarde, nos da por crecer y nuestro primer banco de pruebas para la negativa privada se instala en el egoísmo infantil. Qué tierno, qué púber. Durante esta etapa, negarse es fácil e incluso inocuo, porque aún no eres nadie. Tan simple y estéril que hasta da cosa negarse. Tú dices no, y prácticamente nada se modifica. Cuanto menos tienes, menos vale cada uno de tus no, porque existe siempre un pues vale del mismo tamaño y velocidad. Esto hay gente a la que le seguirá pasando toda la vida.

Luego decrecen tus ilusiones, enfermas de responsabilidad, y la educación se encarga de ir sustituyendo todos y cada uno de tus noes por estudiados y correctísimos síes. Cada cosa que adquieres, cada compromiso que tomas, se va añadiendo sibilinamente a tu inventario más idiota, el que recoge todos tus venga.

Al final, llega un momento -prontito, muy prontito, por ejemplo hoy- en el que te defines mucho más por las cosas que has rechazado, que por aquellas que decidiste aceptar. Si hay un dato más importante que el número de veces que te has casado, ése es tu número de divorcios que has tenido que costearte. Y hablando de costes, al número de personas con las que te has querido acostar, en algún momento empiezas a restarle el número de personas con las que no te has querido despertar. Y así siempre hasta decir basta, que no deja de ser primo hermano del no.

A lo que iba, creo en el no. Un no de los que duelen porque nos define, nos posiciona, nos hace diferentes, individuales, incrédulos y menos borregos. No creo en el nunca, ni en el jamás, porque incorporan un apéndice temporal que suena mentira podrida, ya sea en pasado perfecto o en futuro condicional. Creo que el tampoco es un no cobarde porque esconde un sí con mono de consenso, creo que nada es un no demasiado grande como para ser real, y creo además que plantearse todo lo anterior puede llegar a resultar tóxico, perjudicial y hasta alto en triglicéridos.

Suerte que siempre acabas llevando a mano el único antídoto eficaz contra tanta sensatez, la única cura indolora contra tanta cordura.

Hablo de cualquiera de tus vale. Hablo de cualquiera de tus sí.

sábado, septiembre 13

Cap: 891. Magia potagia

Por Risto Mejide:

Nada por aquí, nada por allá. Tu último desahucio emocional y su posterior embargo, te han vuelto a dejar con lo puesto. Se te van enfriando los reproches y ya se sabe que esos, fríos, no valen nada. Desaprendes rutinas ajenas, reconquistas las propias que recuerdas y poco a poco vas iniciando una nueva mudanza de palabras vacías que hay que enjuagar primero con lágrimas de todo tipo, para volver a llenarlas algún día de sentido, sensibilidad y así luzcan otra vez como se merecen.

Nadie por aquí, nadie por allá. El mercado no ha hecho más que ir a la baja desde que tú lo abandonaras. Qué pereza. Qué decepción. Que no, que te quedas en casa. No piensas volver a contar tu vida en tu vida. Si eso, la publicas en un blog, y que se vayan actualizando los nuevos. Pero qué nuevos. Siempre quisiste lo que no podías tener, y ahora que podrías tenerlo todo, no apetece ni siquiera quererlo.

Desempolvas tu agenda con la esperanza de seguir desempolvando. Más pereza. Dónde están ahora todas esas oportunidades que dejaste pasar porque estabas por otra cosa (sí, ahora le llamas cosa). Dónde las frases bonitas que cayeron en tu saco roto (a tomar por ídem). Dónde las gotas que jamás colmarían tu vaso (lleno de mitades vacías).

Y así por aquí, y así por allá. Parece que hoy sólo serás capaz de escuchar las mentiras que empiezan por nunca más. Las únicas que estás dispuesta a creerte. Las únicas que te hacen sentir que estás aprendiendo.

De pronto, coño, una chistera. A ése qué le pasa, por qué te sonríe, igual tienes un moco y no te lo has visto. Y ahora por qué empieza a decirte cosas que has oído ya cientos de veces, en más de mil y una noches, y sin embargo, a él le obsequias con una cara de atontamiento generalizado, como si de repente tu cociente hubiese decidido dividirse por su infinita torpeza.

Tus ganas de volver a ser incoherente o contradictoria o tonta del culo te hacen ignorar tanta tradición de chistes malos sobre polvos mágicos y conejitos felices, en el mismo instante en el que ese prestidigitador de tres al cuarto decide jugársela a una carta y te pide que memorices su número.

Quizás por tus ganas de olvidar más que por las de recordar, decides huir hacia delante y prestarte voluntaria para ser su mano de todo menos inocente.

Empezáis a veros con esa imposible mezcla de ilusión e incredulidad, una mezcla que te resulta demasiado familiar, pero como cada persona es un mundo, algo dentro de ti va repitiendo el mismo mantra.

Que sí, que esta vez será diferente.

Te convences tanto a ti misma que hasta parece que convences a los demás, y ya nadie te pregunta el porqué de tanto birli ni de tanto birloque. Buscas los argumentos que apoyen tu nueva tesis, y suenan cada vez más maduros de pelar. Hoy te sientes más mujer que la de cualquier anuncio de compresas.

Quizás por eso, al final, sintiéndote la más fina, segura, confundida y bipolar, coges el teléfono y te decides a hacerme la pregunta del billón.

Cuál es el truco.

Ja. A ti te lo voy a contar.

miércoles, julio 23

Cap: 878. Virgina ganadora.

Virginia ha ganado, pero sin amigos, con gente gritando tongo y sin una pizca de compañerismo.


No he visto OT, pero viendo en lo que se ha transformado desde luego no merece ganar un concurso donde se te repudia.

Risto es de los pocos que le dice algo bonito a la ganadora.



Felicitaciones a Virginia y ahora solo falta esperar todas las criticas que vendran a partir de ahora.

viernes, julio 11

Cap: 873. Lo poco que se de la vida

Lo poco que sé de la vida está en los libros que nunca leo. Lo poco que sé de la vida está en las líneas que no escribí. Lo poco que sé de la vida se cuenta tomando un café, se entiende tomando una copa y se olvida tomando dos.

Que nadie se me emocione ni albergue falsas esperanzas, porque con lo poco que sé de la vida, a duras penas se llena un corazón, por pequeño que sea. Sí, sobrino, va por vos.

Empiezo por lo que sé con toda seguridad. Sé que, con suerte, te vas a morir unavez. Así que procura no morirte más veces por el camino. No hay nada peor que esa gente que se va muriendo antes de morirse del todo. Para evitarlo, te regalo un método infalible. Mientras tú vayas decidiendo, todo está bien. El día que dejes de decidir, ese día, cuidado, porque la habrás palmado un poco.

Ten siempre más proyectos que recuerdos, es la única forma que conozco de mantenerse joven. Olvídate de la patraña esa de ser feliz, yate puedes dar con un canto en los dientes si llegas a ser el único dueño de tus propias expectativas.

Que un euro se ahorra, y un polvo se pierde. Para siempre. Que hay que dedicarse a algo de lo que jamás te quieras jubilar.Por mucho que te cueste pagar las facturas. Por mucho que en las reuniones de antiguos alumnos te miren mal. Es mejor dedicarse toda una vida a algo que te divierte pese a no llegar a fin de mes, que pasarte un solo día trabajando únicamente por dinero.

Entre lo poco que sé de la vida, también te diré que nada de todo esto vale la pena sin alguien que te haga ser incoherente. Ni flores, ni velas, ni luz de luna. Ése es el verdadero romanticismo. Alguien que llegue, te empuje a hacer cosas de las que jamás te creíste capaz y que arrase de un plumazo con tus principios, tus valores, tus yo nunca, tus yo qué va.

Ojalá ames mucho y muy bueno, incluso a riesgo de ser correspondido. Que te despojen de todo, que hagan jirones de tus ganas y que te veas obligado a remendarlas con el hilo de cualquier otra ilusión. Que desees y seas deseado, que se frustren todas tus esperanzas y que acabes descubriendo que la única forma de recobrar el primer amor, que es el propio, es en brazos ajenos.

Dos emociones inútiles asociadas al pasado, arrepentimiento y culpa, y una emoción inútil asociada al futuro, la preocupación. Cuanto antes de desprendas de las tres, antes empezarás a apreciar lo único que tienes.

Qué más. Ah sí. Sé que al menos un amigo te va a traicionar, otro será traicionado por ti, y que te pongas como te pongas, los que no hayas hecho antes de los 30, ya jamás pasarán debuenos conocidos. Cuenta sólo con los tres principales, porque a partir de ahí, todo es mentira.

Para terminar, y hablando del tema, déjame que te presente a tu mejor enemigo. Se llama miedo. Quédate con su cara, porque va a estar jodiéndote de ahora en adelante. Miedo al fracaso. Miedo al qué dirán. Miedo a perder lo que tienes. Miedo a conseguirlo. Miedo a saber poco de la vida. Miedo a tener razón.

De Risto Mejide, por supuesto.

martes, julio 8

Cap: 872. Pensión compleja

Harticulos: Por Risto Mejide

Antes que nada, perdona si huele un poco a cerrado, hacía mucho tiempo que nadie se alojaba aquí, y menos aún con la intención de quedarse. Ábreme bien de puertas y ventanas. Que corra el aire, que entre tu luz, que pinten algo los colores, que a este azul se le suba el rojo, que hoy nos vamos a poner moraos.

Y hablando de ponerse, vete poniendo cómoda, que estás en tu casa. Yo, por mi parte, lo he dejado todo dispuesto para que no quieras mudarte ya más.

Puedes dejar tus cosas aquí, entre los años que te busqué y los que te pienso seguir encontrando. Los primeros están llenos de errores, los segundos, teñidos de ganas de no equivocarme otra vez.

El espacio es tan acogedor como me permite mi honestidad. Ni muy pequeño como para sentirse incómodo, ni demasiado grande como para meter mentiras.

Mis recuerdos, los dejé todos esparcidos por ahí, en cajas de zapatos gastados y cansados de merodear por vidas ajenas. No pises aún, que está fregado con lágrimas recientes, y podrías resbalar. Yo te aviso.

El interruptor general de corriente está conectado a cada una de tus sonrisas. Intenta administrarlas bien y no reírte demasiado a carcajadas, no vayas a fundirlo de sopetón.

No sé si te lo había comentado antes, pero la estufa la pones tú.

Y hablando del tema, he intentado que la temperatura del agua siempre estuviera a tu gusto, pero si de vez en cuando notas un jarro de agua fría, eso es que se me ha ido la mano con el calentador. Sal y vuelve a entrar pasados unos minutos. Discúlpame si es la única solución, es lo que tenemos los de la vieja escuela, que a estas alturas ya no nos fabrican ni los recambios.

Tampoco acaba de funcionarme bien la lavadora. Hay cosas del pasado que necesitarán más de un lavado, es inevitable. Y hay cosas del futuro que, como es normal, se acabarán gastando de tanto lavarlas. La recomendación, ensuciarse a su ritmo y en su grado justo. Eso sí, no te preocupes por lo que pase con las sábanas, que las mías lo aguantan todo.

Para a acabar, te he deja do un baño de princesa, una cama de bella durmiente, un sofá de puta de lujo y algo de pollo hecho en la nevera. Para que los disfrutes a tu gusto, eso sí, siempre que sigas reservando el derecho de admisión.

Aquí no vienes a rendir cuentas, sino a rendirte tú. Aquí no vienes a competir con nadie, sino a compartirte a mí. Y lo de dar explicaciones, déjalo para el señor Stevenson.

El resto, no sé, supongo que está todo por hacer. Encontrarás que sobra algún tabique emocional, que falta alguna neurona por amueblar, y que echas de menos, sobre todo al principio, alguna reforma en fachada y estructura.

Dime que tienes toda la vida, y voy pidiendo presupuestos.

Dime que intentaremos toda una vida e iré encofrando mis nunca más.

viernes, junio 13

Cap: 860. El NO ya lo tienes

06 de Junio de 2008 | Risto Mejide

El no ya lo tienes

Cuál es la mayor mentira que jamás te has contado. Ésa que te costó mucho contarte porque sabías que te costaría muy poco creerte. No vale cuando dijiste que erala primera vez que te pasaba, porque ahí creíste estar engañando. Tampoco cuando dijiste sí quiero, porque ahí sólo engañabas al cura. Ni cuando dijiste te echo tanto de menos, porque ahí engañaste a domicilio. Me refiero a la mentira íntima más gorda, fea y cochina que jamás te haya colado tu pro pia ilusión en su acepción más ilusa.

Déjame darte alguna pista. La venden por horas, por metros cuadrados e incluso por años trabajados. Existe la social, la privada, la personal y hasta la jurídica, aunque creo que esta última es un poco como Dios, todo el mundo la menciona, pero muy pocos parecen haberla visto. Y también como en ese caso, nadie está a salvo de su amparo, sobre todo porque en algún momento, todo el mundo ha necesitado pensar que existe.

Estoy hablando de esa mentira con la que cada vez es más divertido convivir. Estoy hablando de la gran mentira íntima al alcance de todos los bolsillos. Estoy hablando de eso a lo que llamamos seguridad.

No hay nada más mentira que estar seguro de algo. Ni nada más peligroso que estar en posesión de la verdad. En su versión cotidiana, nada peor .. que tener razón. La gente que tiene respuestas para todo llegan a presidente de los Estados Unidos, así que ándate con cuidado. Y la gente que tiene preguntas para todo son las que inventaron las vacunas conocidas, así que toma nota. Asegurarse, un verbo detrás del cual se nos ve la pluma de la ignorancia, el plumón de la idiotez y el plumero del miedo.

Lo peor es que, como militante de la venta a discreción, te puedo asegurar que no hay industria más rentable que la del miedo. El miedo es impersonal, transferible y terriblemente contagioso, se propaga sin costes de transporte y encima, con cada contagio, va mutando el virus, con lo que se hace cada vez más imposible su erradicación definitiva.

Al fin y al cabo, qué hay de malo en arriesgarse. O mejor, qué hay de bueno en no arriesgarse. Sufrir de lo mismo que sufrimos ya, pero más tarde. Seguir como estábamos, pero con menos tiempo para estar como estábamos. En definitiva, estar peor que estábamos, pero encima creyéndonos que estamos igual.

Arriesgarse es enfrentarse a decibelios de envidia. Sufrir de sordera ante el qué dirán. Pero es que es comprensible que genere envidias alguien que decide atenerse a las consecuencias de vivir la vida de uno, y no la de los demás.

A cada instante, una gran parte del mundo está a punto de casi todo. Él a punto de llamarla, ella a punto de cogerlo, el otro pensando si debería, aquella decidiendo si lo hace o no. Malos a punto de ser buenos, buenos a punto de hacerlo peor. Oportunidades a punto de crisis, trabajos a punto de paro, relaciones a punto de caramelo, infidelidades a punto de perder su fe. Todos paralizados por no plantearse qué es lo peor que les puede pasar, qué es lo mejor que les puede dejar de pasar.

Hoy rompo todas mis lanzas por aquellos que se arriesgan.

Y caen.

Aunque sea en la cuenta.

HARTICULO, RISTO MEJIDE EN ADN.

lunes, junio 2

Cap: 852. Harticulos: Risto Mejide: Lo prometido es deuda

La columna de ADN se llama asi: Harticulos, no es una falta de ortografia.

30 de Mayo de 2008 | Risto Mejide
Lo prometido es duda

Se acaba una relación. Se acaba una relación y te mueres de adiós. Se acaba una relación, te mueres de adiós, y entre tanto descalabro, acabas olvidando tu remolque de promesas rotas. Ese remolque que, impulsado por la pasión inicial y el romanticismo más optimista, jamás perdió la velocidad de crucero. Tú te paras, te apeas, provocas baja emocional, pero tarde o temprano ese remolque vendrá a por ti, atropellándote con toda su inercia, mala hostia y celeridad.

Y si en algún momento te falla la memoria, no te preocupes. Padres, suegros, hijos, amigos y familiares varios están ahí para darle un último impulso al remolque justo en el instante del impacto, y recordarte los planes que teníais, lo mucho que la querías, lo mucho que la quisiste, lo mucho que aún deberías estar queriéndola si de verdad fueses cumplidor y no este hatillo de decepciones en el que con los años te nos estás convirtiendo.

Las promesas. Las promesas duelen siempre a destiempo. Serían el equivalente a criar un tigre de Bengala. Sabes que al principio es monísimo, tierno, encantador, pero que algún día, sí o sí te arrancará un brazo, una pierna, o cualquier otra extremidad. Y así andamos, cada vez más cojos, más mancos o lo que es peor, con menos extremos que arrancar.

Llega un momento en el que ya no te crees nada de lo que te dices. Es cuando te das cuenta de que con los años, a toda promesa le ha salido un matiz. Te querré hasta fin de año, tendremos un hijo para cada uno, se llamarán como tu cartero y mi estilista, viviremos en casa de tus padres, cuando se mueran los dos.

Prometer es mentirle al destino. Prometer es perder por adelantado. Hipotecar lo inexorable. Prorratear lo inexpugnable. Autojoderse en diferido.

Aunque claro, parece que prometerse cosas acaba siendo necesario para avanzar. Con uno mismo y con los demás. Porque actúa como timón de las relaciones sentimentales: marca el rumbo a seguir, pero ni de coña te esperes que sople viento sobre las velas.

Pero es que si no prometes nada, tarde o temprano te enfrentarás a la pregunta a la que se enfrentan los que cometen la desfachatez de vivir al día, de disfrutar el momento, de habitar sola y únicamente en el presente. Cariño, hacia dónde va lo nuestro.

Yo cada día me siento más orgulloso de mis dudas. Las únicas que, con el tiempo, acaban siempre confirmándose. Las únicas que, con los años, jamás me van a traicionar.

Hoy, mientras la palabra nosotros se me escurre líquida entre los dedos, me voy dando de bruces con todas y cada una de mis incompetencias emocionales. No he sido capaz de hacerte feliz. No he sido capaz de estrecharte entre mis lazos. No he cumplido casi ninguna de mis promesas. No he respondido casi ninguno de tus porqués.

Y aún así, hay algo que quiero y puedo decirte.

Que pase lo que pase a partir de ahora, voy a quererte toda la vida. Te lo prometo.

martes, mayo 27

Cap: 846. El post de Risto. Sexo Oral.

Sexo oral
Publicado 15-05-2008

* Prensa
* ADN


(Hartículo/ADN/16-05-08)
Empiezo abriendo paréntesis de par en par. A todos aquellos que nunca han despertado en cama del prójimo con ganas de un ajeno. A los que no se han deslizado jamás por la cornisa de unos labios que en principio no esperaban visita. A los que nunca nunca en su vida se han preguntado a quién pertenece esa ropa interior que de pronto destiñe su cara de blanco y sus excusas de color. A todos ellos, un mensaje antes de empezar. Dejad de leer esto aquí y ahora. Cosas de mayores, de gente que desayuna miserias propias y caga mentiras ajenas.
Creo que ya estamos solos. Bueno, aún nos siguen los curiosos y los ofendidos, pero esos no importan, los primeros son carne de decepción, y de los segundos, su opinión sólo va a hacer que empeorar, así que para qué preocuparse. Cierro paréntesis, me trago la llave y borracho de laxantes de honestidad, allá me voy.
Hola cariño. No digas nada. Me da igual si te pillo mal. Tú calla y goza.
Ahora que andamos tan lejos, aún que olemos tan cerca. Ahora que este par de ojos atropellados y otros tantos dedos inyectados en sangre han marcado tu número sobre mi móvil resbaladizo. Ahora sabrás por qué esta mirada entornada no la usa la buena gente. Ahora comprobarás por qué esta saliva enjaulada ya no debe quedarse aquí.
No me pongas cara de princesa, que estoy hablando de ti. Nos vamos a reír de tanta corrección estéril. De tanto hacer el amor. De tanta hipócrita que dice que no la chupa, porque en realidad no la sabe chupar.
Hoy es mi sucia boca la que va a llenarte ese cuerpazo tuyo de palabras viscosas. Hoy es mi puro vicio el que quiere viciarse contigo. Hoy no existe desvío hacia el cariño, ni cabe ningún piropo, hoy lo mínimo es llamarte guarra, y tú nombrarme cabrón. Dile a tus oídos que se abran de patas, pídele a mi lengua que se corra en todos tus ‘no’.
Y es que no sé si te habrás dado cuenta, niña, pero hace ya un rato que esto se nos va de las manos. Y en algún momento de incómoda distancia, a ellas tenía que volver. Ponte cómoda, estés donde estés. En una mano, mi poca vergüenza. En la otra, todas las tuyas. Y así, repartida y repatriada, prepárate para jadearle bien fuerte a la señora Nokia y al señor Vodafone. Que se pongan cachondos sólo de oírnos. Que acaben fuera de cobertura, ellos que pueden, a nuestra salud.
Dime qué llevas puesto. Empieza por lo que no hace falta que te quites. Háblame ininteligible, balbucéame de guarradas, que transpiren todos tus poros, que yo, desde aquí, pueda oírte lubricar. Hazme un hueco en tu apretada lengua. Dale algo bien duro con lo que jugar.
Hazte diosa metida a puta. Hazte perra venida a más.
Y ahora que me tienes bien empapado, ahora pide por esa boquita, y dime que necesitas de este sexo, al que te has vuelto adicta, del que no puedes más. Dímelo, háblamelo, cuéntamelo todo si es que te atreves.
Supongo que quieres hablar con mi hija. Está conduciendo. Le doy el recado.
No. No hace falta. Dígale que me llame en cuanto pueda.


Lo mejor del video,los dos primeros minutos. Y la cara de la guapisima Virginia.

miércoles, mayo 14

Cap: 840. El post de Risto Mejide:

Tú sí que cuestas.
Publicado 02-05-2008
Prensa ADN


(Hartículo/ADN/2-05-08)
Parece algo evidente y, seguramente, a estas alturas de mi huida, debería dejar de parecérmelo. Una perogrullada para alguien que en teoría se gana la vida vendiendo expectativas. Otra de esas cosas que debería llevar tatuadas en el iris, serigrafiadas en el culo, grabadas a fuego lento sobre mi dedo más peligroso, este pulgar juguetón que manda sobre tele y móvil.
Y es que en mi rodeo semanal a la rutina más insignificante, hoy tropiezo con la necesaria diferencia entre lo que cuestan las cosas, lo que realmente valen y lo que uno, al final, acaba pagando por ellas.
Cosas como enviar un mensajito. Enviar un mensajito no cuesta nada. Agarrar ese dispositivo que emite ondas perjudiciales desde tu bolsillo más próximo a los genitales, y ponerse a teclear como un gnomo con soriasis poseído por el espíritu de jotabé. La gente lo hace conduciendo, follando y hasta desde la taza del w.c. Pagar, lo que se dice pagar, como se carga en cuenta, apenas se nota, tú le das al send y unos pocos céntimos de euro más tarde, el mensaje llega sin pagar ni un solo canon por faltas de ortografía. Y como valor, estarás de acuerdo conmigo en que no tiene precio, último bastión de la comunicación asíncrona, del falso amiguismo del tenemos que vernos y de la infidelidad conyugal que clama ser descubierta.
Cosas como enamorarse. Enamorarse vale mucho, sí, pero lo acabas pagando cada vez más caro. Quizá por eso cada vez da como más pereza. Enamorarse, además, con tanto zapping, se está convirtiendo en un quererse hacia fuera, un gustarse mucho a través de otro, un darse mucho para recibirse mejor, y eso, tarde o temprano, acaba pasando fractura. Igual por eso proliferan las amistades WIPP Express, aquéllas con derecho a frote ocasional, fugaz, bien sucio y sin ningún tipo de compromiso, hasta tu próxima colada.
Cosas como salir por la noche. Bufff, aquí sí que hemos tocado fondo. Salir a pagar una copa que cuesta diez veces su valor real rodeado de masa sudada que baila algo a lo que un tipo rodeado de vinilos casposos ha decidido llamar música, sólo se entiende desde un punto de vista. Sexo. Aguantar que otro tipo cuyo libro de cabecera son las memorias completas de Chuck Norris decida si entras o no en un local sólo tiene una explicación creíble. Mucho sexo. Y bueno, también están las que salen con las amigas sólo para bailar y divertirse. Eso es cierto que tiene otro tipo de explicación. Falta de sexo.
Cosas como mirar la tele. La aparentemente única alternativa cotidiana para tantos sedentarios, desenamorados y solitarios acompañados en general. Millones de conversaciones apagadas por el encendido de un solo electrodoméstico. Que si la nevera mata el gusanillo, la consola el tiempo y la plancha todo tipo de arrugas, lo que mata la tele es la oportunidad de hablar y contarse cosas, el cómo te ha ido el día, el qué quieres que hagamos mañana, el cómo te sientes hoy. Y eso sí que tiene un valor fuera de cualquier parrilla que cualquier listillo pueda patrocinar jamás.
Cosas como escribir. Para terminar, me temo que escribir nos cuesta más a los que menos valor aportamos. Una vez, un entrañable viejecito me dijo, mirándome a los cojones del alma, que para ser escritor “sólo hace falta saber escribir sin faltas de ortografía y ser un poco menos pendejo que los demás